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Daniel, el popular clavito o chato, agarró a mediados de los ochenta por primera vez una cámara fotográfica para explicarnos su visión del mundo, de El Agustino, de sus emigrantes y de la defensa de sus costumbres. Los momentos de plenitud humana y de intimidad provinciana se convierten en las imágenes de Daniel en actos heroicos de una peruanidad desconocida por muchos. Esto era su pasión, su vida mas allá del medio que manejaba para expresarse. Y cuando deja el “Agucho” y comienza a viajar esporádicamente por el país, se encuentra Daniel con los mismos provincianos, emigrantes, que asumen hoy el papel del Perú profundo, cada vez más difícil de describir e interpretar. Los conocimientos del medio fotográfico y el equipo técnico inicial casi eran nulos, pero Daniel ya tenia una muy rica formación como Anarquista y Underground, ya tenia este amor por los cerros del “Agucho” y el “Agustirock” que lo acompaño hasta el final, hasta la exposición del WorldPress en Lima, poco antes de su muerte. En los Talleres de TAFOS o como miembro del equipo profesional, como fotógrafo del periódico El Mundo y El Comercio aprendió rápidamente aquella parte de la técnica que es indispensable para expresarse plenamente. Los redactores y lectores recién comenzaban a apreciar los sentimientos de Daniel, cuando un tumor cerebral maligno termina con la corta vida y pone fin a una producción que recién estaba comenzando. Daniel actuaba de forma anarquica, desordenada y con muy poca disciplina. Recién había entendido que su proyecto fotográfico exigía de él una dedicación mas seria y organizada. Así que volvió a los cerros de El Agustino para iniciar una nueva y muy productiva fase, como podemos ver en las escasas imágenes de su ultimo proyecto. Como pocos de mis alumnos y amigos fotógrafos actuaba Daniel de forma instintiva, era este fotógrafo perseverante que buscaba y encontraba en la vida real aquellas imágenes que las tenia abundantemente almacenadas en su interior. Usar, aun solamente portar, la cámara era una necesidad para Daniel, pues le facilitaba compartir su imaginario con nosotros. Que enorme pena, que dolor significa no haber conocido este imaginario completo. Thomas J. Müller, Lima 21.1.2001 2001
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